Einstein: Su vida y su universo – Walter Isaacson

Albert Einstein es uno de los científicos más importantes de la historia y un icono del siglo XX. ¿Cómo funcionaba su mente? ¿Qué le hizo un genio? ¿Cómo era el ser humano detrás del personaje público? En la primera biografía completa de Albert Einstein escrita con acceso a todos sus archivos, Walter Isaacson logra un extraordinario retrato del personaje y de su época y un fascinante relato de su vida. A partir de la correspondencia privada de Einstein, Isaacson cuenta cómo un funcionario de patentes imaginativo e impertinente (un mal padre con un matrimonio complicado, incapaz de conseguir un empleo en la universidad ni un doctorado) fue capaz de desvelar los secretos del cosmos y comprender los misterios del átomo y del universo. Su creatividad estaba ligada a su rebeldía, y su éxito se basó en cuestionar las verdades aceptadas y en asombrarse ante cuestiones que otros consideraban mundanas. Así llegó a una moral y unas ideas políticas que pasaban por el respeto a las mentes libres, los espíritus libres y los individuos libres. Su fascinante historia demuestra la relación entre creatividad y libertad. «Espléndida, un gran trabajo de investigación con mucho material inédito. Una obra fundamental y definitiva.» Amir D. Aczel, The Boston Globe.

¿Quien no conoce a este personaje? ¿Hay alguien a quien no le pueda interesar la vida de este genio? este será sin duda el próximo libro que compraré,  un libro que ha sido número 1 en ventas en USA durante varias semanas y sobre este personaje bien vale la pena ser comprado y leído para conocer más en profundidad a este genio.

Haz que funcione – David Allen

Haz que funcionees el esperado libro, después de más de cinco años, del mayor especialista mundial en gestión del tiempo y organización personal e inventor del método GTD, usado por millones de personas, organizaciones y multinacionales en todo el mundo.

Constituye una hoja de ruta de valor incalculable, que te ofrece consejos para tomar conciencia de la situación y qué camino tomar para alcanzar la meta que ansías. Las claves para lograrlo son “control” y “perspectiva” y un compromiso real con tu vida y tu trabajo. Te ayudará a afrontar desde retos tan rutinarios como responder a un correo electrónico urgente, a tan relevantes como preparar tu jubilación. Todo requiere de concentración, orden y focalización.

Además, en el apéndice del libro, encontrarás plantillas para poner en práctica los modelos más importantes que aborda el libro, como la planificación de proyectos, la organización del control de flujos de trabajo y las revisiones semanales.

Como continuación del libro Organizate con Eficacia, David Allen nos presenta este libro para ayudarnos en nuestro día a día en GTD y conseguir que este funcione como debería, si has leído el primero, esta continuación debería ser lectura obligada.

Organízate con eficacia – David Allen

Este libro tiene un objetivo claro: demostrar que existe un sistema de organización del trabajo que nos permite liberar la mente de las tensiones que inhiben nuestra creatividad, y que nos hace más eficaces en todos los aspectos de la vida. David Allen sostiene que nuestra mente tiene una capacidad limitada para almacenar información y propone una serie de fórmulas prácticas para eliminar las tensiones e incrementar nuestra capacidad de trabajo y nuestro rendimiento.
Organízate con eficacia se fundamenta en unas sencillas normas básicas de organización del tiempo, como por ejemplo la necesidad de determinar cuál es el siguiente paso a dar en cada uno de nuestros proyectos, o la regla de los dos minutos (si surge una tarea pendiente y se puede hacer en menos de dos minutos, debe hacerse inmediatamente).

En un artículo anterior os hablé del libro Gestiona mejor tu vida, de Berto Pena, hoy os traigo este, en el que se basa la teoría de Berto, su sistema de trabajo y no sólo el suyo si no el de mucha gente en todo el mundo. Este libro nos presenta el sistema de organización GTD (Getting Things Done) con el cual podemos organizar, mediante listas, las tareas de nuestro día a día, tanto laborales como personales, la idea básica de este sistema es tener la cabeza vacía de ideas y todas ellas volcadas en un sistema de recopilación y control (una libreta, una aplicación…)

Recomendado si necesitas un empujón en tu día a día a la hora de organizarte y sobretodo si quieres tener una base sólida del mundo de la productividad.

Ángel por Vip Express

Bum-bum! Bum-bum! Bum-bum!
¿Me he quedado dormido?
Bum-bum! Bum-bum! Bum-bum!
Que dolor de cabeza tengo… uff… ¿Por qué lo veo todo borroso? ¡¡Mi imperio por un café!!
Bum-bum! Bum-bum! Bum-bum!
¿No escribí eso mismo, esta semana en twitter con el hastag #adictosalcafe?
Bum-bum! Bum-bum! Bum-bum!
Parece que la lámpara del techo está muy cerca…me molesta la luz directa a la cara. ¡¡Cómo me duele la
cabeza!!
Bum-bum! Bum-bum! Bum-bum!
¡¡No es la lámpara de mi habitación!! ¿Dónde estoy?
Bum bum bum bum bum bum…
¡¡No puedo moverme!!! ¿Dónde estoy? ¿Por qué me han atado? ¿Por qué lo veo todo borroso? ¿Por qué
me duele la cabeza? ¿Por qué…?
Bum bum bum bum bum bum…
¡¡Calma!! ¡¡Calma!! ¡Tranquilízate, piensa! ¡¡Calma!!
Bum-bum! Bum-bum! Bum-bum!
Seguro que todo tiene una explicación. Por fin empieza a aclararse un poco la visión, ya puedo empezar a
distinguir algo de lo que me rodea.
La situación mejora, pero me sigue doliendo mucho la cabeza y oigo como unos pitidos electrónicos de
fondo, muy molestos.
Bum-bum! Bum-bum! Bum-bum! ¿Es un tambor ese sonido a lo lejos?
Bum-bum! Bum-bum! Bum-bum!
¡¡Dios!!! ¡Qué raro! ¡¡Vamos céntrate!! Mira alrededor y saca algo en claro. Veamos… Estoy en una
habitación no muy grande. Las paredes diría que están pintadas de blanco y sin ninguna ventana. ¿No
hay luz natural? Aunque… bien iluminado está. Tampoco veo nada que se parezca a un armario. A mi
derecha…Nada. No hay nada. A la izquierda… Creo que es un pequeño carro tapado con trapos. Y a mis
pies… ¡¡Estira más el cuello!! Ahí hay una puerta y… ¿me salen cables del pecho? ¿Qué tengo
conectado?
Bum bum bum bum bum bum…
¿Es que…? ¡¡Estoy en un quirófano!!
Bum bum bum bum bum bum…
¿Qué me ha pasado? ¿Por qué estoy aquí solo? ¿No debería haber al menos alguien por si despierto?
¡¡Mmmm!! ¡¡Mmmm!! ¡¡No puedo hablar!!
¡¡No puedo abrir la boca!! ¡¡Sólo consigo emitir leves sonidos!!
Bum bum bum bum bum…
Pasos. Alguien viene. ¡¡Joder!! No veo bien aún. Parece una mujer. Se va acercando. Si, es una mujer o
eso diría yo porque distingo poco más que una silueta esbelta. Se sigue acercando. Lentamente. Ya está
a la altura de mis pies. Se para. Parece que me mira. ¿Por qué se queda quieta ahí sin hacer ni decir
nada? No puedo moverme. Ni hablar.
Bum bum bum bum bum bum…
¿Se ríe? ¿Se está riendo? Pero qué cojon… Se acerca. Viene por mi derecha. Aparta de su camino, y sin
esfuerzo, lo que parecía un carro.
Éste se desliza sin hacer apenas ruido, liviano, como si no pesara. Es un pequeño carro con ruedas,
seguro. Ya está a mi lado. Es una mujer.
Se para. Intento decir algo y sin darme cuenta, con un movimiento rápido noto como un dedo se posa
sobre mis labios, justo en el centro, haciendo el símbolo del silencio con ellos. Sin presión Delicadamente.
Me voy calmando. Bum-bum! Bum-bum! Bum-bum! Retira su dedo y desliza, suavemente, cual caricia,
su mano desde mi frente, recorre mi nariz, se detiene, brevemente, en la punta de ésta, hasta volver a
llegar a mis labios. Resigue el contorno, sin prisa. Cada vez estoy más relajado. Y como si de mi pareja
se tratara, en plena velada romántica, justo cuando va a venir el beso, en ese preciso instante, nuestras
miradas se cruzan nítidamente por primera vez. Sin darme cuenta, en este breve lapso de tiempo, en el
que he pasado de la ansiedad, del querer chillar, de intentar zafarme de mis ataduras y salir corriendo, a
la más completa calma, mi vista ha recuperado la normalidad. Es una mujer. Sí, sí lo es. De pelo largo,
por debajo de los hombros, liso, moreno, brillante. Lo lleva suelto, bien peinado.
Sus labios dibujan una leve sonrisa, cálida, amigable, consigue que siga relajado. Bum-bum! Bum-bum!
Bum-bum! Son más bien finos, ausentes de rastro de maquillaje y sin arrugas al final de las comisuras. Y
sus ojos, marrones, clavados en mí, de mirada fría, completamente abiertos, carentes de emociones,
consiguen que este momento, de dulces y románticos tintes, vire 180 grados hacia la confusión y mi
pánico inicial. Bum bum bum bum bum bum…
¡Ya sé qué son esos tambores! ¡Es mi corazón latiendo! ¡No puede ser!
¿Pero, cómo soy capaz de oírlo con tal claridad y nitidez?

-Cálmate – Por fin oigo su voz. Y como todo en ella hasta ahora, es suave, tranquila, pausada pero fría y
cortarte al igual que la mirada.
-No voy a engañarte -prosigue- es la primera vez que nos vemos. Sabes lo mismo de mí que yo de ti.
Bueno, revisé tu cartera, mientras estabas inconsciente, y conozco tu nombre y donde vives. Así que
para igualar las cosas, me llamo Inma.
Conocer su nombre no va a calmarme. ¡Sigo atado! ¡¡Mmmm!! ¡¡Mmmm!! ¡¡Y sin poder articular
palabra!! ¿Qué quieres? Bum bum bum bum bum bum…
-¡¡Cálmate!! -primera vez que deja atrás su dulzura. Sus ojos esta vez sí que han expresado algo…
agresividad, ira – Te lo explicaré todo, sin omitir detalle – la tranquilidad vuelve a ella pero no a mí- Has
estado tres horas con Morfeo, así que sigue siendo viernes. Dónde te encuentras, es, realmente lo de
menos, pero de todas formas te lo diré; es el sótano de una nave abandonada al lado del rio. Y por
mucho ruido que hagas nadie te oirá. Estamos solos – sus ojos reflejan la frialdad de sus palabras – y voy
a jugar un poco contigo. Me apetece.
El sonido de los latidos de tu corazón, como debes haber comprobado, ha sido amplificado ya que, en
realidad, es lo que me atrae. Ah, y los pitidos electrónicos, pues nada, un toque de teatralidad – ríe.
Mientras dice esta última frase empieza a inmovilizarme la cabeza. Ya no me resisto, me he rendido. No
sé qué pasará a partir de ahora pero sólo me queda tener fe. ¿Un agnóstico como yo abrazando la fe? al
menos tienen razón al decir que es lo último que se pierde, aunque, en mi caso, sería más preciso decir
que es lo último a lo que me agarro. Mi cabeza ya está firmemente atada.
-Veamos que tal responde tu corazón a diferentes estímulos…pórtate bien, que lo estoy grabando todo.
Pareces un tipo majo y quiero tener un recuerdo de ti.
Una lágrima acaba de asomar de mi ojo derecho. La noto. Lentamente, empieza a recorrer mi mejilla
buscando la inclinación que le permita alejarse de su origen. Si pudiera hablar suplicaría, rogaría,
imploraría perdón, lo que sea por salir de esta situación. Ya sólo queda el rastro húmedo de su recorrido
en mi cara. Eres libre.
Seguramente otras vendrán a tu encuentro.
-¿Te han emocionado mis palabras o es que sientes miedo? – ya sin atisbo alguno de su dulzura inicial –
Ahora empieza el juego… – mi corazón empieza a acelerarse, bum bum bum bum bum bum… –
¡¡Cálmate!! – grita como no lo había hecho antes – ¡¡no puedo empezar si no estás tranquilo!! – inspiro
hondo y, obedientemente, Bum-bum! Bum-bum! Bum-bum! Mi corazón ralentiza sus latidos.
-Mucho mejor así. Empecemos… 93 pulsaciones por minuto aproximadamente, pero si… – noto una
punzada enorme en el costado izquierdo y siento como el dolor se desliza unos centímetros más hacia
abajo. Las lágrimas salen, no hay contención posible. Gritaría pero no puedo. Bum bum bum bum bum…
Me mira directamente. Está disfrutando.
¿Cuánto rato piensa estar así? No tengo noción real del tiempo. Todo parece una eternidad.
Bum-bum! Bum-bum! Bum-bum!
Me sigue mirando. Su mano se interpone entre nuestros ojos, ¿sostiene? ¡¡Mmmm!! ¡¡Mmmm!! ¡¡Hija
de…!! ¡¡¡Como escuece!!! ¡¡Es sal!! ¿Me has hecho una herida y ahora le pones sal?
¡¡Mmmm!! ¡¡Mmmm!! Bum bum bum bum bum bum… No cesa de escrutarme con su mirada gélida,
impasiva. Otra punzada aguda pero ahora en el pecho y vuelve a deslizarse hacia abajo. Bum bum bum
bum bum bum… Algo viscoso recorre mi vientre… Que acabe de una vez, por favor. ¡¡Hija de…!!
¡¡¡Como escuece!!! Bum bum bum bum bum bum…
Más sal…Bum bum bum bum bum bum…
El mundo se funde en negro…
Tengo miedo a abrir los ojos, a moverme, a intentar hablar. Sé que estoy tumbado pero ¿ha sido una
pesadilla o real?
Bum-bum! Bum-bum! Bum-bum!
Mi corazón. No lo soñé. Abro los ojos poco a poco y ahí está ella. Impasible. Mirándome.
-Bienvenido de nuevo. Te desmayaste.
No tiene remordimientos por lo que me ha hecho. No siente nada.
-Gracias por todo – vuelve a ser esa chica de la que te enamorarías sólo con oírla por teléfono.
Me besa suavemente en los labios. Lástima que no pueda devolvérselo.
He conocido un ángel.
Aunque éste es el de la muerte.

Tenemos patrocinador para el concurso

Ya lo comenté ayer en twitter y me gustaría anunciarlo oficalmente, ya tenemos patrocinador para el concurso!

El ganador del concurso recibirá como premio un ejemplar firmado de “El Bolígrafo de Gel Verde” de Eloy Moreno, ayer contacté con él y se ha ofrecido a regalar dicho ejemplar directamente a nuestro ganador.

Os dejo la sinópsis del libro y al principio de la entrada, como siempre, podéis ver la portada.

Superficies de vida:
Casa: 89 m2
Ascensor: 3 m2
Garaje: 8 m2
Empresa: la sala, unos 80 m2
Restaurante: 50 m2
Cafetería: 30 m2
Casa de sus padres: 90 m2
Casa de mis padres: 95 m2
Total: 445 m2

¿Puede alguien vivir en 445 m2 durante el resto de su vida?
Seguramente sí, seguramente usted conozca a mucha gente así. Personas que se desplazan por una celda sin estar presas; que se levantan cada día sabiendo que todo va a ser igual que ayer, igual que mañana; personas que a pesar de estar vivas se sienten muertas.

Esta es la historia de un hombre que fue capaz de hacer realidad lo que cada noche imaginaba bajo las sábanas: empezarlo todo de nuevo. Lo hizo, pero pagó un precio demasiado alto.

Pero si de verdad usted quiere saber cuál es el argumento de esta novela, mire su muñeca izquierda; ahí está todo.

Y en este artículo de Papel en blanco podéis leer un poco sobre la historia de la publicación del mismo.

Web del libro | El bolígrado de gel verde

Nos conocimos demasiado pronto – Trillo

Los deseos avanzan como el aire, se cuelan por cualquier rendija por pequeña que sea,
pero a veces se encuentra ventanas que se cierran con el propio viento. Los recuerdos
golpean bajo en los peores momentos, aspiramos a ser felices sin saber el significado
completo de la propia palabra, ¿estamos muertos en vida?
Apuró el último trago de la copa de ginebra que yacía caliente sobre la mesa, le
gustaban esos pequeños lujos, copa con un diseño elegante en color azul y ginebra de
gran calidad. Cogió las llaves del viejo Mustang azul de los años setenta que recibió
de su vecino, el señor Gabali, un amable anciano al que le quedaba poco tiempo de
vida y poca gente que mereciera su ‘pequeña herencia’, todo lo que tuvo que hacer fue
escuchar con entusiasmo sus historias de la guerra.
Quizás el señor Gabali nunca estuvo en la guerra.
Cuenta que se trajo el mismo el Mustang desde E.E.U.U, junto a la que se convertiría en
su esposa, fallecida hace cuatro años, la señora Gallaway.
[…]
América siempre le había fascinado, desde los coches clásicos por la ruta 66 sin rumbo
fijo, pasando por Central Park, sus edificios en blanco y negro coloreados por los
taxis amarillos, ‘Frank Sinatra’, siempre pensó que el debió nacer mucho antes, le
fascinaba todo aquello que veía como ficticio. Tampoco le hubiese importado nacer en
los años sesenta para disfrutar del auge de la música, estudiar haciendo deporte en una
universidad Estadounidense.
Siempre fue un soñador, pero ese no es el tema.
Una vez en el coche, cogió la carretera de la costa, sonaba ‘Fly me to the moon’, no
llevaba destino fijo, quizás nunca en su vida había sabido exactamente cual era su
destino.
Aparcó el coche en una playa en la que nunca había más habitantes que un grupo de
jóvenes con sus litronas. Era el comienzo del verano y la temperatura era agradable una
vez entrada la noche.
Se sentó sobre la arena y encendió un pitillo, nunca había fumado, pero le gustaba la
imagen que creía que daba fumando de forma atractiva, que en realidad era una forma
torpe de fumar.
Pasó un tiempo pensando en todos y cada uno de sus problemas y sus preocupaciones,
el mar lo relajaba, deseaba perderse en alta mar, como un capitán solitario, hasta que
su barco decidiese hundirse y él lo acompañase, aunque fuese el único tripulante y
los ‘códigos del mar’ le brindasen la oportunidad de saltar con el flotador…
La vida no le había ido demasiado bien, de trabajo no se podía quejar, le daba como
para comprarse una casa y permitirse sus cosas, pero se encontraba vacío, no tenía a
nadie con quién compartir su vida más allá de las conversaciones cerveceras en torno al
fútbol.
Cuando iba a irse descubrió a una chica a unos cincuenta metros de él, ese era un
motivo suficiente como para quedarse un rato más, pero ahora sus pensamientos se
centraban en ella, ¿qué hacía allí?, ¿vendría con alguien?, ¿sería una alucinación?
Decidió levantarse minutos después de que la chica le echase una mirada alegre, esa
mirada con la que dos personas se entienden perfectamente sin hablar, se acercó a ella y
directamente le dijo:
– Toda mi vida he sido un puto tímido de mierda, eso me ha hecho perder muchas cosas,
y me ha hecho ganar cosas inalcanzables, creo que tu estás aparte, si algo tengo bueno
es mi intuición.
– ¿Qué te ha hecho venir hasta aquí?
– Podría decirte que tuve un pálpito y que tuve la necesidad de buscarte, pero mentiría,

salí buscando escapar…
– ¿Escapar?
– …vivimos atados a algo, a una casa fija, a una oficina, no somos libres, necesitamos
escapar, si recapacitamos, nos damos cuenta de que somos prisioneros de nuestro
miedo, el miedo nos gobierna, nos hace débiles.
La chica se quedó en silencio, en ese momento pudo observarla, ya que todo el rato
había hablado cabizbajo, como si se tratara de un discurso, un monólogo, su historia,
su vida, sus pensamientos, la observó metódicamente, su melena lisa dejaba ver
perfectamente sus ojos, no eran los ojos más bonitos del mundo, ni tenían un color
exótico, pero eran sus ojos, su cuerpo delgado se acoplaba a la arena perfectamente.
La noche avanzó y conversaron sobre sus ilusiones, sus opiniones, los lugares donde les
gustaría vivir, la chica no le ofreció casi ningún dato sobre su vida, pero él no se sentía
egocéntrico, y a ella no le molestaba.
Incluso discutiendo se llegaban a poner de acuerdo, como si de una negociación se
tratase.
Llegó la hora de marcharse, ella le apuntó su número en el móvil, se ofreció para
llevarla a su casa, ella reclinó la invitación, él no indagó.
Volvió a casa y tras un trago de agua se acostó, era la primera noche que se acostaba
sonriendo, feliz, sin sus preocupaciones, sin su rutina, sólo existía ella, eran las 2 de la
madrugada y el sueño pronto le venció.

Un espasmo le hizo levantarse de golpe, estaba sudando, respiraba fuerte, había
tenido una pesadilla, en la pesadilla se encontraba en una playa cuando de repente
de una sombra surgió un hombre que le pegó un tiro, todo le provocó más sudores y
nerviosismo, ¿y si todo había sido una pesadilla?, o mejor dicho, ¿y si había soñado con
esa chica y el sueño se había tornado pesadilla?
Cogió su móvil y busco su nombre, lo recordaba perfectamente, el nombre era perfecto,
la llamó y una voz despertada a mitad de su sueño le contestó:
– ¿Sí?
– ¿Eres feliz?
– Si…
– Perdona que te moleste a estas horas, mañana te llamo, que descanses.
No sabía por que había dicho eso, no se le había ocurrido otra cosa.
Así pasaron años, a nadie le contaban el origen de su amistad, nunca se habían gustado
como para ser pareja, los dos sabían que eso mataría la magia de su amistad, eran una
necesidad mutua, para él, ella nunca fue un capricho.
‘La vida te lleva por caminos raros,
por la esquina mas perdida de los mapas,
por canciones que tú nunca has cantado,
la vida te lleva por caminos raros’.
Diego Vasallo – La vida te lleva por caminos raros

El último día de clase – Anónimo

EL ÚLTIMO DÍA DE CLASE.

El despertador suena libremente desde hace rato con su habitual monotonía. Con ese sonido provocador que hace florecer en algunas mentes perturbadas un enojo fuera de control por su simple sinrazón. Suena una y otra vez, una y otra vez. Mientras, el niño ya ha terminado de desayunar y se está lavando los dientes en el baño, por lo que no escucha lo que sucede en su habitación. Para eso parece llegar su padre, dominado por su propia locura y culpando al taladro acústico que sigue sonando en la puerta del fondo del pasillo, para hacerle partícipe de su error. El suelo está demasiado duro y aquel muchacho lo conoce demasiado bien. Ahora la boca ya no le sabe a menta sino a metal, a hierro, dulce en cierto modo, y caliente. Aquel muchacho no levanta la cabeza, como nunca lo ha hecho, sino que escucha cuanto mal hay en sus acciones. Su madre está en la puerta, callada, o con las manos sobre la boca para frenar las mismas cuchilladas que estaría encantada de dirigirle. Sus ojos no expresan nada, están bien enseñados, y aquel muchacho no sabe cuál de las dos opciones es la verdadera porque sabe que ella también tendrá problemas más tarde.

Cuando por fin se queda sólo es libre. Cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás porque le horroriza la sangre y le horroriza más aún sentir el contacto de la sangre. Ahora su nariz no la arroja fuera sino que va a parar al fondo de su estómago, donde trata de enterrar todos sus problemas para que, con suerte y con tiempo, simplemente desaparezcan, como la comida después de masticarla. Al abrir los ojos de nuevo todo brilla demasiado. Tanto que hace que las cosas pierdan su color. Casi le ciega mirar al mismo punto durante mucho tiempo. En el espejo su cara se ve perfectamente; ni un solo rasguño, ni una sola marca, nada. Ahora tiene que ir a la cocina. Sus pasos son decididos y la certeza que tiene en lo que hace le sorprende. Es algo desconocido, algo que nunca antes había experimentado. Observa el brillo metálico del cuchillo que sostiene entre sus manos. Sus pasos deshacen lo andado hasta detenerse de espaldas al televisor. Su padre está viendo las noticias de la mañana pero no cambia la expresión después de que el muchacho se haya interpuesto entre él y las imágenes en emisión. Avanza. Un paso, dos, tres pasos… y nada cambia. Sigue viendo las mismas imágenes a través de él. Con el primer movimiento el cuchillo se hunde en el cuerpo fláccido y la acción se repite una y otra vez. Son tantas las veces que ya no se puede saber el total. Aquel muchacho baja las escaleras que lo llevarán fuera, a la calle, mientras deja atrás un cuerpo mutilado que se desparrama inerte sobre el sofá pero que no sangra, porque al muchacho le horroriza la sangre. Por eso y porque no se trata más que de una realidad que sólo existe para él y no para el resto de las personas, a las que se unirá cuando sus pies den el primer paso del día sobre la acera.

El camino es, por supuesto, el mismo que lleva realizando todos los días desde que llegaron a la ciudad. Hace tres años su padre recibió lo que dijo era un ascenso, pero que significó lo contrario para el resto de la familia, y hace dos comenzó a beber. Todo vino de corrido desde entonces. Una historia nada novedosa gracias al cine y la literatura. ¿Cuántas piruletas serías capaz conseguir en ese tiempo? No importa, te quedarías corto. Él tenía al menos tres cajas llenas de esas que te da el médico si te portas bien. Su padre, si se portaba bien, no le daba nada, que era mucho mejor que aquel sabor a detergente que tenían las piruletas, pero sólo las de corazón. A él no venía a recogerle un autobús de ruta, esto no es una película, él tenía que caminar casi un kilómetro y medio hasta llegar al colegio y otro tanto de vuelta. Pero conocía cada palmo del recorrido. Veía lo mismo una y otra vez: el mismo mecánico lleno de grasa y aceite, con un fuerte olor a gasolina que le acompañaba incluso cuando se quitaba la ropa de trabajo, o así lo imaginaba al menos; el mismo cartero entrando al bar donde tomaba su desayuno y donde observaría a la gente pensando si luego se encontraría a alguno de ellos cuando hiciese el reparto; el mismo doctor que le daba las piruletas comprando un enorme periódico en el kiosco de prensa que él nunca pensó que leyese entero -¡era increíblemente ancho!- y que siempre le preguntaba por el trabajo de su padre; el mismo compañero de clase, si se le puede llamar así, que le quitaba el dinero que su madre le daba cada día para que comprase la comida, porque las clases para él terminaban más tarde ya que en su casa no había nadie hasta las seis y media y no le dejaban marcharse antes de las seis. Ese chico, sin que tuviese nada que ver con su familia, había sido causa de muchos castigos y muchas bofetadas cuando le pillaban cogiendo algo de la despensa para aguantar hasta la cena. Pero hoy no estaba allí, junto a la puerta de entrada al colegio. Solía esperarle, cuando así lo decidía, que era siempre, en la misma puerta. Pero no, definitivamente hoy no estaba allí. Eso era una buena noticia porque no había hecho los deberes  y eso significaba que su estómago habría recibido la respuesta de la mala noticia por parte de aquel matón.

Entró en clase y la figura que le siguió le trajo una nueva tormenta. Lo que pronto viene pronto se va, pues la profesora tampoco solía mostrar piedad por él ni por sus padres, a los que siempre terminaba nombrando en sus discursos y reprimendas. El castigo caería de todos modos y ahora no sabía cuál de los dos sería mejor recibir. Se llevó inconscientemente una mano a la cabeza mientras asimilaba lo que habría de venir.  Al poner de nuevo los ojos sobre ella los colores se habían desvanecido y sus pasos volvían a ser la voluntad personificada. El camino estaba inmaculado frente a él y el frío del metal pesaba de nuevo en su mano diestra. Si llegaba a  casa con otro castigo su padre se ocuparía de él y no quería nada de eso. Ya tenía suficiente sangre en el estómago por hoy como para recibir más, así que acuchilló de nuevo, una y otra vez, sin parar de hacerlo. Su profesora recibía los mandobles completamente inexpresiva e insensible y así quedó, yaciendo en el suelo.

Cuando todo hubo terminado él volvió a tener sus ocho años de siempre y el mundo recuperó todos los colores que lucía de forma habitual. Después de la última clase de la mañana llegó al comedor y ocupó la esquina más alejada de la mesa más alejada del último rincón de la estancia. No es que fuera asocial ni que no tuviera amigos, que no los tenía, sino que, simplemente, le apetecía llorar en solitario por lo que le esperaba aquella tarde al llegar a casa. Tenía una nota de su profesora en el bolsillo para que sus padres acudieran a una cita «con el fin de tratar los resultados negativos que vengo notando del chico a lo largo del curso».

Eso iba a doler más de lo que aquel papel le pesaba en el bolsillo y que desde luego le hacía arrastrar los pies. Sus ojos estaban tan anegados en lágrimas que no distinguió al muchacho que le tendía la mano desde su frontal cuando levantó la cabeza. Estaba demasiado decaído como para descubrir quién era pero no demasiado perdido como para esperar que fuese alguno de sus amigos que lo quisiera consolar, que ya sabemos, él también, que no tenía, de modo que hasta que no notó el calor en su mejilla después del bofetón que acababa de recibir no supo que aquel desgraciado que no se había encontrado esa mañana en la puerta de la escuela no había desaparecido para siempre, sino sólo en aquel momento.

Muchas más lágrimas brotaron de sus ojos cansados y enrojecidos y resbalaron por sus mejillas como buscando dejarle en la boca ese sabor salado tan peculiar, pero una sensación de confianza superior volvió a instalarse en su frágil cuerpo, como si lo dotara de la verdad absoluta y fuese consciente de ello en cada una de sus acciones. Buscó acelerado sobre la mesa pero no hubo suerte, no encontró nada. Y no había nada que encontrar  porque el cuchillo que estaba buscando ya se había clavado en el pecho de aquel matón que quería su dinero de la comida. Todo esto no sería sino otro más de los pensamientos de una mente perturbada si no fuese porque notaba la sangre caliente y húmeda goteando entre sus manos. La sangre no le gustaba. Es más, le asqueaba tanto que casi había conseguido hacerla desaparecer. Pero sus manos estaban tensas, firmes, e incluso aún empujaban ligeramente contra el torso de aquel pobre desgraciado que no había llegado puntual a la entrada y decidió pasárselo bien a su costa a la hora de comer. Al parecer la sangre de su estómago había decidido no desaparecer sino todo lo contrario. Al igual que la comida, todos esos litros y litros de sangre que ha estado tragando desde que tenía uso de razón han decidido volver convertidos en un buen pedazo de mierda  y lo había salpicado todo. Lo comprendió a la perfección cuando vio a aquel muchacho desplomarse en el suelo y gritar mientras se retorcía. Quizá ahora no le pareciese tan buena idea meterse con él sin motivo pero ya era tarde porque tenía más de diez centímetros de metal dentro de su cuerpo y demasiada sangre fuera. Al menos era el último día de clase.

 

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